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Un ataud, 7000 comuneros y un conflicto social sin fin.

Habíamos aterrizado en Cusco horas después de que todos los medios anunciaran la muerte de un comunero en el corredor minero, en Challhuahuacho, Cotabambas, Apurímac. La comitiva era grande: seis ministros, un vicepresidente, inteligencia policial, escoltas y equipos técnicos.

En el aeropuerto nos informaron con claridad: las vías estaban bloqueadas, más de siete mil comuneros se encontraban reunidos alrededor del ataúd de la víctima colocado en medio de la carretera y los enfrentamientos con la policía se habían vuelto cada vez más violentos. La recomendación de inteligencia fue directa: no ir. El riesgo era alto, no había rutas de escape y la situación podía escalar en cualquier momento.

En pocos minutos diseñamos una estrategia. Lo primero era ir sin seguridad y dejar claro que estábamos ahí para escuchar. El ministro encargado nos miró uno por uno y definió quiénes lo acompañaríamos. Éramos 16. En ese momento entendí que, en contextos como este, liderar no es solo tomar decisiones, sino asumir el costo de sostenerlas.

Lo segundo, poner lo humano por delante: acercarnos al ataúd y expresar nuestras condolencias a la familia. Y lo tercero, construir un mensaje simple pero potente donde una palabra se repetiría constantemente: escuchar. No íbamos a justificar, ni a prometer, ni a defender; íbamos a escuchar.

Aterrizamos en Challhuahuacho (3698 m.s.n.m) horas después y caminamos hacia donde se encontraba la multitud. Al llegar nos acercamos al ataúd, guardamos silencio y expresamos nuestras condolencias. Luego subimos al estrado junto a las autoridades.

Pero lo que emergió en ese espacio no era solo una crisis coyuntural. Era el resultado de décadas de abandono, promesas incumplidas y una relación rota entre el Estado y la ciudadanía. Recuerdo claramente a un dirigente que nos mostró un file con más de treinta actas firmadas por distintos gobiernos.

Ese día se inició la construcción de un plan de desarrollo para Cotabambas. Se instalaron carpas, centros de información y mecanismos para recoger y sistematizar las demandas de la población. La crisis en ese momento se desactivó. Y por un breve instante la confianza en el Estado pareció regresar.

Pero solo fue un breve instante.

Diez años después, el corredor minero sigue siendo un espacio de conflicto constante. Y la lección permanece vigente: el problema nunca fue únicamente la crisis sino la incapacidad de sostener soluciones en el tiempo.

Y ahí es donde el liderazgo político deja de ser discurso y se convierte en responsabilidad histórica. Gobernar no es llegar a apagar incendios es construir institucionalidad capaz de prevenirlos. No es firmar actas sino cumplirlas. No es administrar conflictos sino resolverlos de manera sostenible.

Porque al final, en lugares como Cotabambas, el verdadero poder del Estado no está en su capacidad de llegar sino en su capacidad de quedarse y responder.

PD: La foto que está en post la tomé el día 19 de octubre de 2016 en medio del diálogo.

Luis Eduardo Cisneros Méndez